miércoles, 9 de febrero de 2011

Resumen del libro: TRASTORNOS PSICOMOTORES EN EL NIÑO. Práctica de la reeducación psicomotriz. H. Bucher

 
Este libro es una recopilación extensa sobre las dificultades psicomotrices existentes y las diversas técnicas de tratamiento influida por varias corrientes pero siguiendo las directrices del Dr. Ajuriaguerra.  Se suele aplicar como técnica reeducativa en las diferentes dificultades del esquema corporal, en retrasos madurativos y en disarmonías tonicomotoras  a partir de sesiones grupales o indivuales.
Parte de un enfoque que, además de la técnica, enfatiza la importancia de conocer la estructura de nuestra personalidad con el fin de evitar que nuestras contradicciones internas pongan límites en nuestra acción terapéutica y ser capaces de reconocer nuestras propias limitaciones e implicaciones. Esto suele permitir que el sujeto pueda modificar su diálogo corporal con el ambiente.
La práctica de la reeducación psicomotriz parte de la base que la relación terapéutica y las técnicas se deben complementar y asociar con el fin de devolver al niño unas mayores posibilidades, mayor autonomía y equilibrio.  La relación (establecida de manera distinta con cada uno de los pacientes y difícil de sistematizar) y la técnica (necesaria para potenciar el esquema corporal, la coordinación global y el equilibrio) son dos  facetas de una misma acción, englobadas ambas en un determinado clima donde la relajación participa en todos los niveles de la reeducación.  Las técnicas en un inicio son escogidas para revalorizar y ofrecer una toma de confianza en vistas a la corrección de un déficit particular.  La evolución está subordinada siempre a varios elementos (resistencias, negativa a toda experiencia nueva,...).
Dicho tratamiento tiene como objetivo que el niño adquiera un mejor desarrollo psicomotriz aprendiendo a situarse en los límites reales y previsibles de sus actos a partir del reconocimiento de identidad propia a partir de una experiencia interiorizada y asumida.

2 comentarios:

  1. Considero que el autor ha establecido una muy adecuada articulación entre la técnica y la relación terapéutica, respetando la individuación que presentan las manifestaciones del niño en forma de síntomas, por lo que la gravedad de los casos no es siempre proporcionada al trastorno comprobado. En la intervención se tiene en cuenta tanto las dificultades que manifiesta como el lugar que ocupan en el desarrollo de la personalidad y la forma de reorganización que adopta para compensarlas.

    Me parece oportuno que remarque como característica básica del terapeuta su conocimiento personal previo, evitando incluir al individuo dentro de los esquemas preestablecidos donde nosotros podemos encontrar nuestra seguridad. Por este motivo y para evitar que nuestras contradicciones personales pongan límites a nuestra acción considero indispensable la comprensión de nuestras limitaciones e implicaciones.

    También me parece adecuado que dentro del examen profundo se aplique la observación clínica, tan necesaria para precisar las dificultades que muchas veces se encuentran no sólo a través de la fragilidad de las realizaciones. De esta manera se puede observar como algunos sujetos aun llegando a un resultado correcto lo consiguen sólo a costa de un esfuerzo importante y no es extraño que también pueda surgir fatiga, bloqueos o compensaciones repentinas.

    Es oportuno el papel activo que se le otorga al niño dentro del proceso terapéutico, llegando a considerar que la integración psicomotora que se busca sólo puede llevarse a cabo a partir de las experiencias interiorizadas y asumidas por el sujeto como propias, responsabilizándolo así de él mismo y de su identidad. Pienso que de esta manera se puede ayudar a adquirir un descubrimiento de su identidad, aunque considero que la responsabilidad también se puede desarrollar a partir de las verbalizaciones que el niño hace sobre las sensaciones precisas que experimenta..

    Por último, concluir que el tratamiento de las distintas formas de los síntomas englobados en trastornos del esquema corporal, en retraso madurativos y en disarmonías tonicomotoras me parece precisa. Me parece importante respetar el objetivos primordial que precisa en cuanto a realizar una primera fase de tranquilización el plano afectivo y una segunda fase de tranquilización en el plano motor, ya que permite que el niño tome la iniciativa de utilizar sus nuevas posibilidades tanto en la terapia como posteriormente en otras situaciones externas a él.

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